Reseña y Crítica de El juego de Gerald en Netflix, basada en la novela de Stephen King

Crítica de El juego de Gerald, la última adaptación de una novela de Stephen King bajo el brazo de Netflix, protagonizada por Carla Gugino y Bruce Greenwood con la dirección de Mike Flanagan.
Stephen King es el autor de moda para la producción cinematográfica. Bueno, lo cierto es que lleva siéndolo más de 30 años. Sus novelas siempre han sido grandes protagonistas del "basado en" que nos encontramos en los títulos de crédito de algunas producciones, pero el resultado en pantalla... No siempre ha sido acorde al éxito del original. Algunas de ellas captaron la terrorífica magia con la que King atrapa en sus líneas, como es el caso de Misery o El resplandor. Otras, como Cadena perpetua o La milla verde, entraron en el top de favoritas de más de un portal para aficionados del mundillo. Tenemos terror como el de Carrie, convertida en película de culto, o la extrema actualidad del remake de It (Eso), pero también tenemos descalabros mayúsculos y recientes como La torre oscura.
No voy a soltar verborrea hasta el aburrimiento sobre las virtudes y defectos de lo que las adaptaciones de novelas al cine pueden suponer, pero el autor estadounidense es uno de los ejemplos más claros, dada su extensa bibliografía adaptada, del abanico de altos y bajos con los que llevarlas a la pantalla y Netflix es buen conocedor de ello. La plataforma de streaming se ha vuelto a lanzar a la piscina con El juego de Gerald, una nueva producción basada en el título original de King, dirigida por Mike Flanagan y protagonizada por Carla Gugino y Bruce Greenwood. ¡Dentro crítica!

Un monólogo intimista con actuaciones notables
El juego de Gerald cuenta la historia de una mujer, Jessie (Carla Gugino), que se va de escapada con su marido Gerald (Bruce Greenwood) a la típica casita de ensueño en el bosque con el objetivo de salvar su matrimonio. Las vicisitudes pasionales de siempre, diréis. Sí, pero enfocadas a un aspecto concreto y vital de la relación: el sexo. La pareja va convencida, o, al menos, eso cree Gerald, de que un juego de dominación puede reabrir las puertas del deseo en casa. Después de introducirnos breve, pero meticulosamente, el carácter de ambos personajes en su interacción con un perro abandonado en la carretera, comienza el juego. ¿El juego de Gerald? Jessie es esposada a la cama, pero pronto descubre que los grilletes que la atan físicamente ya la habían atado psicológicamente. Tras una discusión con cura de realidad incluida, Gerald sufre un infarto y muere súbitamente junto a su mujer.
Los mejores Android TV para ver Netflix en tu vieja TV
El argumento es lo suficientemente potente como para llevar la historia en vías radicalmente diferentes, pero King optó en su versión original por dar rienda suelta a una narración intimista, catártica y reflexiva que Mike Flanagan ha sabido plasmar con solvencia en la adaptación... con los mismos defectos. La supervivencia es el objetivo natural, como el propio Cujo — el cánido abandonado que tan bien funciona como metáfora en la narración y como guiño a su propio trabajo — nos demuestra a lo largo del metraje, pero más allá de los límites físicos. Jessie arrancará un monólogo interior en el que redescubre la fuente de sus miedos y la razón de su inocencia atrapada, plasmado con gracia por parte de su intérprete, Carla Gugino. Sus muecas pudieron desconcertarme en los primeros compases de la película y desconocía si eran fruto del talento o el desconocimiento, pero a medida que la trama avanza su interpretación va in crescendo hasta convertirse en un vehículo perfecto con el que trasladarnos su dolor vital.

El mérito de sus protagonistas de El juego de Gerald reside en saber convertirse en hojas de doble cara, y me explico: durante la locura y la desesperación de Jessie, comienza a charlar con su propio subconsciente representado a través de las figuras de su propio marido y ella misma. Su marido es todo aquello que se niega a ver. Es la dominación, el miedo y la inseguridad que han gobernado su vida. Ella, sin embargo, es el león enjaulado que tiene la determinación suficiente como para superar todos los obstáculos que se pongan delante. Es firme, paciente, sabia y segura. Del ganador de ese duelo dependerá la resolución final, y es por ello que las interpretaciones, una vez más, de Carla Gugino en esa segunda vertiente tan drásticamente diferenciada y de Bruce Greenwood como el implacable marido que jamás había querido reconocer, son trascendentales para dotar de poder la evolución del personaje.
No todo podía ser de color de rosa (o rojo, en este caso), y El juego de Gerald no iba a ser la excepción. El original de Stephen King abusaba de retorcer la cuestión psicológica hasta límites insospechados y, si bien tenemos una paseo más edulcorado en la versión fílmica, ésta no es lo suficientemente atractiva. El monólogo interior, detonado por los fantasmas del pasado de Jessie, resulta particularmente poco creativo. Hay un único elemento que podía dar una vuelta de tuerca a la simplicidad de esa premisa desarrollada y es el de la figura del "hombre pálido", pero su tratamiento prácticamente de soslayo se convierte en una anécdota que, de hecho, resta fuerza a la resolución final.

Crítica de El juego de Gerald, la última adaptación de una novela de Stephen King bajo el brazo de Netflix, protagonizada por Carla Gugino y Bruce Greenwood con la dirección de Mike Flanagan.
Stephen King es el autor de moda para la producción cinematográfica. Bueno, lo cierto es que lleva siéndolo más de 30 años. Sus novelas siempre han sido grandes protagonistas del "basado en" que nos encontramos en los títulos de crédito de algunas producciones, pero el resultado en pantalla... No siempre ha sido acorde al éxito del original. Algunas de ellas captaron la terrorífica magia con la que King atrapa en sus líneas, como es el caso de Misery o El resplandor. Otras, como Cadena perpetua o La milla verde, entraron en el top de favoritas de más de un portal para aficionados del mundillo. Tenemos terror como el de Carrie, convertida en película de culto, o la extrema actualidad del remake de It (Eso), pero también tenemos descalabros mayúsculos y recientes como La torre oscura.
No voy a soltar verborrea hasta el aburrimiento sobre las virtudes y defectos de lo que las adaptaciones de novelas al cine pueden suponer, pero el autor estadounidense es uno de los ejemplos más claros, dada su extensa bibliografía adaptada, del abanico de altos y bajos con los que llevarlas a la pantalla y Netflix es buen conocedor de ello. La plataforma de streaming se ha vuelto a lanzar a la piscina con El juego de Gerald, una nueva producción basada en el título original de King, dirigida por Mike Flanagan y protagonizada por Carla Gugino y Bruce Greenwood. ¡Dentro crítica!

Un monólogo intimista con actuaciones notables
El juego de Gerald cuenta la historia de una mujer, Jessie (Carla Gugino), que se va de escapada con su marido Gerald (Bruce Greenwood) a la típica casita de ensueño en el bosque con el objetivo de salvar su matrimonio. Las vicisitudes pasionales de siempre, diréis. Sí, pero enfocadas a un aspecto concreto y vital de la relación: el sexo. La pareja va convencida, o, al menos, eso cree Gerald, de que un juego de dominación puede reabrir las puertas del deseo en casa. Después de introducirnos breve, pero meticulosamente, el carácter de ambos personajes en su interacción con un perro abandonado en la carretera, comienza el juego. ¿El juego de Gerald? Jessie es esposada a la cama, pero pronto descubre que los grilletes que la atan físicamente ya la habían atado psicológicamente. Tras una discusión con cura de realidad incluida, Gerald sufre un infarto y muere súbitamente junto a su mujer.
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El argumento es lo suficientemente potente como para llevar la historia en vías radicalmente diferentes, pero King optó en su versión original por dar rienda suelta a una narración intimista, catártica y reflexiva que Mike Flanagan ha sabido plasmar con solvencia en la adaptación... con los mismos defectos. La supervivencia es el objetivo natural, como el propio Cujo — el cánido abandonado que tan bien funciona como metáfora en la narración y como guiño a su propio trabajo — nos demuestra a lo largo del metraje, pero más allá de los límites físicos. Jessie arrancará un monólogo interior en el que redescubre la fuente de sus miedos y la razón de su inocencia atrapada, plasmado con gracia por parte de su intérprete, Carla Gugino. Sus muecas pudieron desconcertarme en los primeros compases de la película y desconocía si eran fruto del talento o el desconocimiento, pero a medida que la trama avanza su interpretación va in crescendo hasta convertirse en un vehículo perfecto con el que trasladarnos su dolor vital.

El mérito de sus protagonistas de El juego de Gerald reside en saber convertirse en hojas de doble cara, y me explico: durante la locura y la desesperación de Jessie, comienza a charlar con su propio subconsciente representado a través de las figuras de su propio marido y ella misma. Su marido es todo aquello que se niega a ver. Es la dominación, el miedo y la inseguridad que han gobernado su vida. Ella, sin embargo, es el león enjaulado que tiene la determinación suficiente como para superar todos los obstáculos que se pongan delante. Es firme, paciente, sabia y segura. Del ganador de ese duelo dependerá la resolución final, y es por ello que las interpretaciones, una vez más, de Carla Gugino en esa segunda vertiente tan drásticamente diferenciada y de Bruce Greenwood como el implacable marido que jamás había querido reconocer, son trascendentales para dotar de poder la evolución del personaje.
No todo podía ser de color de rosa (o rojo, en este caso), y El juego de Gerald no iba a ser la excepción. El original de Stephen King abusaba de retorcer la cuestión psicológica hasta límites insospechados y, si bien tenemos una paseo más edulcorado en la versión fílmica, ésta no es lo suficientemente atractiva. El monólogo interior, detonado por los fantasmas del pasado de Jessie, resulta particularmente poco creativo. Hay un único elemento que podía dar una vuelta de tuerca a la simplicidad de esa premisa desarrollada y es el de la figura del "hombre pálido", pero su tratamiento prácticamente de soslayo se convierte en una anécdota que, de hecho, resta fuerza a la resolución final.
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