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La Escalofriante Película que se Prohibió en muchos países

Kill List (2011)



Kill List es una película de terror con piel de thriller, un interesante híbrido consistente en narrar una historia clásica del cine de género bajo los códigos de otro distinto, aunque de esto no se sea consciente hasta que se ha terminado de ver.

Jay (Neil Maskell) es un excombatiente que se ha quedado más que tocado tras una misión en Kiev. Vive con su mujer, Shell (MyAnna Buring, habitual de estos barrios en títulos como Lesbian Vampire Killers, Doomsday o The Descent: part 2) y su hijo pequeño pero, a pesar de que se quieren, la convivencia es complicada, pues están acosados por deudas y Jay, en tratamiento, no está en condiciones de aceptar un trabajo convencional. Una noche, su amigo Gal (Michael Smiley), también excombatiente, acude a cenar a su casa con su nueva novia, Fiona (Emma Fryer), y le propone que juntos se hagan cargo de un asunto: un misterioso cliente que le ha contratado para eliminar a las personas de una lista.

Así, gran parte del trayecto y del interés de “Kill List” consiste en la complicada y profundamente humana relación que hay entre Jay y Gal. Complicada porque Jay es un personaje bastante desequilibrado y hostil, y porque el espectador tiene que salvar una barrera: ambos son dos asesinos a sueldo, pero Ben Wheatley, director, quiere que te identifiques con ellos. No son dos asesinos a sueldo tipo John Travolta y Samuel L. Jackson en “Pulp Fiction”, impresionantes cartoons, sino más bien como el tipo de tío que rezarías para que no viviese en la casa de al lado. Profundamente humana porque, en el fondo, son dos colegas que han pasado por mucho juntos, y es por ahí por donde se encuentra un asidero para comprender y aceptar a estos dos individuos.

Desde el principio, con una desnudez pasmosa, sin ningún tipo de artificio, se va desgranando la historia de terror de la película, al margen de la trama principal. Fiona, la nueva novia de Gal, la noche de la cena en casa de Jay, va al baño, descuelga el espejo de la pared y dibuja tras él el signo que vemos en una de las fotografías de la reseña. Eso se queda ahí, y va siendo recuperado poco a poco, siempre desde este tono tan de thriller y tan poco de terror. Esta parte es igualmente interesante: la historia de terror de la película es un tópico, sí. Por eso, no se le dedica ni un segundo más de lo necesario. Nos la han contado anteriormente en mil películas, así que también se ahorran explicarla, sólo un par de diálogos imprescindibles. Así, el espectador sabe siempre un poco más que los protagonistas, pero éstos no son tontos y entiendes que no se alarmen por determinadas cosas. Al final, sólo hay que hacer un breve recuento de lo que ha sido desgranado para reconstruir esta parte de la película.

Si algo está bien medido en “Kill List” es este tono frío y distante. Milimétricamente ejecutada, todo está planteado para cumplir una misión en un terreno bien acotado. Las víctimas de la kill list, por ejemplo: vale, nadie merece morir pero, si fueras un asesino a sueldo y tuvieras que quitar a alguien de en medio sin que eso te supusiera un problema de conciencia, ¿quiénes serían? En mi caso, desde luego, son justo esos individuos que figuran en la lista.

Como aparente thriller descarnado que es, la violencia es un capítulo importante. Tarda en aparecer, pero su irrupción es tan brusca que impresiona. No hay un exceso de escenas violentas en “Kill List”, pero las que hay, están muy bien resueltas, con lo que su efecto es mucho mayor. Además, tarda tanto en aparecer por un motivo: recordemos que los protagonistas son dos asesinos a sueldo. Hace falta un tiempo de rodaje para que nos familiaricemos con ellos y sintamos un poco de empatía. El primer estallido violento, por tanto, cumple una doble misión: por un lado, recordarnos quiénes son Jay y Gal en realidad y, por otro, situar la historia de terror en un plano más visible de la película, de manera que los protagonistas pasan de verdugos a víctimas al tener un enemigo mayor por delante.

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